El coche explotó justo fuera del puesto fronterizo de Santa Marta.
Un sedán negro con placas falsas, un guardia en el interior y suficiente acelerante bajo el asiento trasero como para hacerlo parecer un asesinato.
Quedaron restos humanos tras la explosión. Todos calcinados más allá del reconocimiento.
Una pulsera derretida contra el asiento.
Un mechón de cabello oscuro cerca de la ventana destrozada.
Y, metido en el tablero, un teléfono agrietado con la última señal de Catalina Marín.
La noticia llegó a Lucien en menos de una hora.
Ella estaba muerta, o eso decían.
Pero él no lo creyó. Ni por un segundo.
Los guardias asignados a escoltarla esa mañana fueron llevados inevitablemente al patio trasero.
A dos los ejecutaron en el acto.
Uno rogó por su vida, pero Lucien no parpadeó al dar la orden.
Con Lucien, cuando se trataba de Catalina, la rabia no dejaba espacio para la misericordia.
Catalina había desaparecido.
Pero no estaba muerta. No para él.
No habí