El coche explotó justo fuera del puesto fronterizo de Santa Marta.
Un sedán negro con placas falsas, un guardia en el interior y suficiente acelerante bajo el asiento trasero como para hacerlo parecer un asesinato.
Quedaron restos humanos tras la explosión. Todos calcinados más allá del reconocimiento.
Una pulsera derretida contra el asiento.
Un mechón de cabello oscuro cerca de la ventana destrozada.
Y, metido en el tablero, un teléfono agrietado con la última señal de Catalina Marín