Las noticias viajan más rápido de lo que la sangre se seca. En menos de veinticuatro horas, el mundo más allá de la finca comenzó a susurrar condolencias que no coincidían con el silencio dentro de la casa. Los políticos enviaron lirios blancos. Los socios comerciales ofrecieron pésames cuidadosamente redactados, envueltos en preguntas veladas. Incluso el Vaticano mandó una bendición.
Pero nadie creía que un hombre como Don Esteban Torres muriera en silencio.
Y Lucien no estaba de luto. Al meno