Las noticias viajan más rápido de lo que la sangre se seca. En menos de veinticuatro horas, el mundo más allá de la finca comenzó a susurrar condolencias que no coincidían con el silencio dentro de la casa. Los políticos enviaron lirios blancos. Los socios comerciales ofrecieron pésames cuidadosamente redactados, envueltos en preguntas veladas. Incluso el Vaticano mandó una bendición.
Pero nadie creía que un hombre como Don Esteban Torres muriera en silencio.
Y Lucien no estaba de luto. Al menos, no como la gente esperaba. No organizó un memorial. No vistió de negro. Ni siquiera hizo una declaración pública.
En cambio, trabajó. Horas interminables. Con los ojos hundidos, la voz cortante, el teléfono pegado a la mano, atendiendo llamadas de otros sindicatos, de frentes legales, de clientes del estado profundo, demasiado poderosos para amenazarlos y demasiado corruptos para confiar en ellos.
El asiento ya era suyo, pero la corona ardía.
El imperio no lloraba: se fracturaba.
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