Mundo ficciónIniciar sesiónElla lo odia por cómo la mira. Él la desprecia por lo que cree que hizo. Pero el pasado que comparten podría destruirlos... o salvarlos. Itzel Morantes aceptó venderse como esposa por un año. No por codicia, sino por desesperación: su padre está muriendo y las deudas la asfixian. Lo que no esperaba era que su comprador fuera Adriel Zúñiga-Cortés, el hombre más despiadado de México... y el hermano del único hombre que alguna vez la amó de verdad. Adriel la compró como venganza contra su ex amor, convencido de que Itzel es una cazafortunas que seduce hombres casados. Pero cuando ella demuestra su inocencia, cuando sus labios se encuentran en un beso que debía ser fingido pero se siente devastadoramente real, Adriel comienza a cuestionarlo todo. Porque Itzel guarda un secreto que podría destrozarlo: ella estuvo presente cuando Matías, el hermano menor de Adriel, murió en ese "accidente" hace cuatro años. Y alguien que sabe la verdad está dispuesto a matar para mantenerla enterrada. Entre amenazas de una ex despechada que no se detendrá ante nada, la conspiración de un empresario corrupto, y secretos que conectan el pasado con el presente de maneras aterradoras, Itzel y Adriel deben decidir: ¿confiar el uno en el otro es suficiente para sobrevivir? Porque en un juego donde todos mienten, el amor verdadero podría ser la mentira más peligrosa de todas.
Leer másEl hombre que me compró como esposa me miró como si acabara de pisar excremento en sus zapatos de mil dólares.
Itzel Morantes mantenía su espalda recta contra el respaldo de la silla de cuero italiano, negándose a darle la satisfacción de verla desmoronarse. La oficina de abogados Santillán & Asociados olía a dinero viejo y poder consolidado durante generaciones. Las paredes de caoba oscura parecían cerrar el espacio con cada segundo que pasaba.
La puerta del despacho se abrió sin previo aviso.
Adriel Zúñiga-Cortés entró con la clase de presencia que hacía que el oxígeno abandonara la habitación. Media un metro ochenta y ocho de pura arrogancia envuelta en un traje Tom Ford color carbón. Su cabello negro estaba peinado hacia atrás con gel caro, y sus ojos grises como el acero fundido la paralizaron en su lugar, cargados con un desprecio tan palpable que Itzel sintió cómo se materializaba en el aire.
—Así que tú eres la impostora que arruinó la reputación de mi familia. —Su voz tenía la textura del terciopelo sobre cuchillas.
El Licenciado Santillán se aclaró la garganta.
—Señor Zúñiga-Cortés, recordemos que este acuerdo es mutuamente beneficioso—
—Cállese. —Adriel se dejó caer en la silla frente a ella—. Quiero escucharlo de su boca. Quiero que me diga que está vendiendo su dignidad por dinero, como la prostituta que demostró ser en la oficina de Ricardo Ibarra.
El golpe verbal encontró su objetivo. Itzel sintió el calor en sus mejillas, pero mantuvo la barbilla alta. El recuerdo llegó: Ricardo Ibarra tres meses atrás, sus manos sobre ella, su aliento a whisky mientras intentaba besarla a la fuerza. El sonido de su blusa rasgándose. Los rumores que él esparció al día siguiente.
—No soy lo que los rumores dicen. —Las palabras salieron firmes—. Pero tampoco le debo explicaciones a un hombre que me está comprando como ganado.
Los ojos de Adriel se entrecerraron. Por un segundo, algo parecido a la sorpresa atravesó su expresión.
—Tiene agallas. —Se reclinó—. Aunque la valentía no borra lo que hizo. Ricardo es mi mejor amigo desde la preparatoria. Quince años de amistad destruidos porque usted decidió seducir a un hombre casado.
—Eso es mentira. Yo nunca—
—Hay fotografías. —Sacó su teléfono—. Usted entrando a su oficina a las once de la noche. Saliendo tres horas después con la blusa desabotonada.
Las imágenes mostraban exactamente eso, pero faltaba el contexto. Faltaba cómo Ricardo la citó para "revisar planos". Faltaba el momento en que intentó forzarse sobre ella.
—Estuve ahí, sí. Pero no por las razones que él dijo. —Itzel tragó saliva—. Aunque sospecho que mi versión no le interesa.
—Tiene razón. —Adriel guardó su teléfono—. Lo único que me importa es que este circo termine rápido. Escuche las reglas porque no las repetiré.
El Licenciado Santillán colocó el contrato sobre la mesa. Cincuenta páginas con el logotipo de los Zúñiga-Cortés: una corona de laureles entrelazada con una espada.
—Habitaciones separadas. No compartiremos espacios íntimos. —Su mirada la recorrió con desdén—. No se preocupe, la idea de tocarla me resulta tan repulsiva como probablemente le resulte a usted.
Itzel sintió algo retorcerse en su estómago, pero mantuvo su expresión neutral.
—Cero contacto físico en privado. En público, actuará como mi esposa devota. Sonrisas, miradas amorosas, la pantomima completa. —Adriel tamborileó sus dedos—. Asistirá a eventos, galas, cenas. Usará la ropa que yo elija, dirá lo que yo indique, y nunca revelará la naturaleza contractual de este matrimonio.
—¿Quiere una muñeca que pueda exhibir?
—Exactamente. Me alegra que lo entienda. Veo que tiene algo de inteligencia debajo de toda esa ambición destructiva.
Las manos de Itzel temblaban bajo la mesa. Se clavó las uñas en las palmas. No podía llorar. No cuando su padre estaba en el Hospital Ángeles con insuficiencia renal, conectado a máquinas que costaban cincuenta mil pesos diarios. No cuando los agiotistas amenazaban con quemarle las manos si no recibían los cincuenta millones que había pedido prestados.
Este matrimonio era su única opción.
—Mi padre... —comenzó, odiando cómo su voz se quebraba—. Usted prometió que cubriría sus gastos médicos. Que pagaría las deudas.
Por primera vez, algo parecido a la compasión atravesó el rostro de Adriel. Pero desapareció antes de que pudiera identificarlo.
—Su padre recibirá el mejor tratamiento. Las deudas serán liquidadas hoy. —Se inclinó hacia adelante—. Pero usted me pertenecerá durante un año completo. Trescientos sesenta y cinco días de ser la perfecta señora Zúñiga-Cortés. ¿Puede cumplir sin arruinar mi apellido más de lo que ya lo hizo?
La crueldad era como ácido. Itzel quería gritarle que ella no había arruinado nada, que era víctima. Pero las palabras se atoraron cuando vio la certeza en sus ojos.
Él ya la había juzgado. Ya la había condenado.
—Puedo cumplir. —Las palabras salieron como una rendición.
El Licenciado Santillán empujó el contrato junto con una pluma Mont Blanc. Itzel hojeó las páginas sin leer: cláusulas de confidencialidad, compensación financiera, condiciones de anulación.
—Necesitamos una fotografía para el anuncio de compromiso. —La voz del abogado la sacó de su trance—. Los medios esperan una declaración esta tarde.
Adriel se puso de pie y rodeó la mesa hasta quedar detrás de ella. Su colonia la golpeó: notas de cedro y pimienta negra mezcladas con algo más oscuro. El aroma se grabó en su memoria.
—Levántese.
Itzel obedeció, consciente de cómo su estatura la hacía parecer diminuta. Adriel colocó su mano en la cintura de ella con el tipo de contacto que un científico usaría al manipular una muestra contaminada.
El fotógrafo apareció desde una esquina. El flash los cegó mientras Adriel la acercaba contra su cuerpo, su mano quemando su piel a través de la tela. Itzel podía sentir cada uno de sus dedos, el pulgar cerca de la curva de su pecho.
—Sonría. —El susurro contra su oído envió un escalofrío por su columna—. Haga que parezca que realmente la quiero y no que acabo de comprar el problema más caro de mi vida.
Itzel forzó una sonrisa mientras su corazón latía salvaje. El flash disparó tres veces.
Adriel la soltó inmediatamente, limpiándose la mano en su pantalón como si acabara de tocar algo asqueroso. El gesto fue tan calculadamente cruel que Itzel sintió cómo algo dentro de ella se endurecía.
Si él quería jugar al matrimonio de mentiras, ella le daría el espectáculo de su vida.
Regresó a la mesa y firmó el contrato con trazos firmes, ignorando cómo la tinta manchaba su mano cuando el pulso errático hizo que la pluma resbalara. Cada letra se sentía como una cadena alrededor de sus muñecas, pero también como una llave que abría la puerta de la supervivencia de su padre.
Adriel firmó después sin ceremonias, su letra perfecta hablando de años en colegios privados europeos. Guardó su pluma Mont Blanc en el bolsillo interior de su saco.
Se inclinó sobre la mesa, acercando su rostro al de Itzel hasta que sus alientos se mezclaron. Sus ojos grises la estudiaron con una intensidad que hizo que cada terminación nerviosa en su cuerpo se encendiera con una mezcla de miedo y algo más oscuro.
—Disfruta tu año de lujo, señorita Morantes. —Su voz era seda sobre veneno—. Porque cuando descubra toda la verdad sobre ti, me aseguraré de que desees nunca haber nacido.
La fotografía de un fantasma estaba a punto de destruir lo único real que había sentido en años.Adriel no había dormido. Las horas se arrastraron mientras permanecía en su oficina, la pantalla de su teléfono iluminando su rostro con ese resplandor espectral. La imagen de Itzel y Matías lo miraba como una acusación silenciosa. Su hermano menor. Su única familia después de que sus padres murieron en ese accidente de avioneta.Y ahí estaba Matías, sonriendo con esa sonrisa abierta que Adriel había olvidado, su brazo alrededor de una Itzel más joven que parecía genuinamente feliz. No la mujer rota del contrato. Esta era una Itzel que todavía creía en cosas buenas.El timing lo atormentaba. Matías había muerto hace cuatro años. Itzel tenía veintisiete. En la fotografía, ella debía tener veintidós, tal vez veintitrés. Los números encajaban con precisión cruel.Abrió los archivos sobre la muerte de su hermano. El reporte policial era insultante en su brevedad: "Accidente automovilístico en
El hombre que arruinó mi vida estaba a cinco metros de distancia, y mi esposo de mentiras estaba a punto de descubrir quién era el verdadero mentiroso.Ricardo Ibarra se quedó congelado en el umbral del balcón como un ciervo atrapado en los faros. Cuarenta y cinco años, pero el estrés había tallado líneas profundas alrededor de sus ojos. El esmoquin le quedaba apretado en el abdomen. Su cabello castaño encanecía en las sienes. Gotas de sudor brillaban en su frente.La palidez de su rostro contrastaba con el bronceado artificial. Sus manos temblaban mientras se aflojaba la corbata. Cuando sus ojos encontraron los de Itzel, el pánico puro fue más revelador que cualquier confesión.—Ricardo. —La voz de Adriel cortó como guillotina—. Llegas justo a tiempo. Cuéntale a Itzel tu versión de los hechos.No fue sugerencia. Fue una orden con el peso de años de amistad y el filo de traición recién descubierta.Ricardo tartamudeó, su mirada saltando nerviosamente entre Adriel, Itzel, y algo por en
Nunca imaginé que un vestido pudiera ser un arma, hasta que me puse el que ella eligió para destruirme.La tela roja se deslizó sobre el cuerpo de Itzel como sangre líquida. El espejo reflejaba a una extraña. El escote en V descendía peligrosamente bajo. La abertura lateral exponía su pierna hasta el muslo superior. La espalda completamente desnuda dejaba su piel al aire desde la nuca hasta la columna.Se veía como un trofeo. Exactamente lo que Renata Villalobos había pretendido.Nudillos contra la puerta.—Tienes cinco minutos. —La voz de Adriel, impaciente.Itzel abrió con fuerza, preparada para un comentario cortante. Las palabras murieron cuando vio su expresión.Su máscara se resquebrajó tres segundos. Los ojos grises se abrieron mientras su mirada recorría su cuerpo. Algo oscuro y hambriento brilló antes de que los párpados bajaran, ocultando la reacción.—Estás... aceptable. —Las palabras salieron tensas.La mentira era obvia. Itzel levantó una ceja mientras tomaba su clutch ne
Mi nueva prisión tenía vistas al Bosque de Chapultepec y costaba más que todo lo que había conocido en mi vida.La Torre Diamante se elevaba cincuenta y dos pisos sobre Polanco como un monolito de cristal y acero. Itzel mantuvo su frente contra la ventana del elevador privado mientras la ciudad se encogía bajo sus pies. El ascenso fue tan rápido que sus oídos protestaron con chasquidos dolorosos.Las puertas se abrieron directamente en el penthouse.El espacio robó el aliento de sus pulmones. Ventanales del piso al techo enmarcaban la ciudad. Sofás de cuero italiano, mesas de mármol Calacatta, lámparas de diseñador. El piso de madera oscura brillaba con lustre que hablaba de mantenimiento diario.—Buenas tardes, señora Zúñiga-Cortés.Itzel se giró. Una mujer de sesenta años emergía de la cocina con delantal bordado. Cabello gris en moño bajo, arrugas alrededor de los ojos que hablaban de sonrisas genuinas.—Soy Doña Paz, el ama de llaves. El señor Adriel me pidió que la recibiera. Él
Último capítulo