El hombre que arruinó mi vida estaba a cinco metros de distancia, y mi esposo de mentiras estaba a punto de descubrir quién era el verdadero mentiroso.Ricardo Ibarra se quedó congelado en el umbral del balcón como un ciervo atrapado en los faros. Cuarenta y cinco años, pero el estrés había tallado líneas profundas alrededor de sus ojos. El esmoquin le quedaba apretado en el abdomen. Su cabello castaño encanecía en las sienes. Gotas de sudor brillaban en su frente.La palidez de su rostro contrastaba con el bronceado artificial. Sus manos temblaban mientras se aflojaba la corbata. Cuando sus ojos encontraron los de Itzel, el pánico puro fue más revelador que cualquier confesión.—Ricardo. —La voz de Adriel cortó como guillotina—. Llegas justo a tiempo. Cuéntale a Itzel tu versión de los hechos.No fue sugerencia. Fue una orden con el peso de años de amistad y el filo de traición recién descubierta.Ricardo tartamudeó, su mirada saltando nerviosamente entre Adriel, Itzel, y algo por en
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