Mundo ficciónIniciar sesiónNunca imaginé que un vestido pudiera ser un arma, hasta que me puse el que ella eligió para destruirme.
La tela roja se deslizó sobre el cuerpo de Itzel como sangre líquida. El espejo reflejaba a una extraña. El escote en V descendía peligrosamente bajo. La abertura lateral exponía su pierna hasta el muslo superior. La espalda completamente desnuda dejaba su piel al aire desde la nuca hasta la columna.
Se veía como un trofeo. Exactamente lo que Renata Villalobos había pretendido.
Nudillos contra la puerta.
—Tienes cinco minutos. —La voz de Adriel, impaciente.
Itzel abrió con fuerza, preparada para un comentario cortante. Las palabras murieron cuando vio su expresión.
Su máscara se resquebrajó tres segundos. Los ojos grises se abrieron mientras su mirada recorría su cuerpo. Algo oscuro y hambriento brilló antes de que los párpados bajaran, ocultando la reacción.
—Estás... aceptable. —Las palabras salieron tensas.
La mentira era obvia. Itzel levantó una ceja mientras tomaba su clutch negro.
—Qué elogios tan efusivos.
Adriel ya se había girado hacia el elevador, hombros rígidos bajo el esmoquin negro. Cuando presionó el botón, sus dedos se flexionaron ligeramente.
La limusina Mercedes-Maybach los esperaba. Negro brillante, interiores de cuero crema. El espacio era grande, pero cuando Adriel se sentó, el aire se comprimió. Las luces de la ciudad se deslizaban por las ventanas.
Cinco minutos después, Adriel rompió el silencio:
—Esta noche es importante. Empresarios, políticos, gente con poder real. —Tono pedagógico—. Necesito que sonrías, que luzcas encantadora, que no hables de política o negocios. Solo... sé decorativa.
La palabra cayó como una bofetada. Itzel giró lentamente para mirarlo.
—¿Algo más? —Dulzura venenosa—. ¿Quieres que ladre también? ¿Que ruede sobre mi espalda como una mascota bien entrenada?
Los ojos de Adriel se entrecerraron. Algo parecido a la diversión bailó brevemente.
—Tu sarcasmo es encantador, pero guárdalo para cuando estemos solos. —Se inclinó hacia adelante—. En público, eres mi esposa devota. ¿Entendido?
—Perfectamente. Mientras tú finjas ser un esposo que me soporta.
La limusina se detuvo frente al Museo Tamayo. Concreto y geometría brutalista brillando bajo reflectores. Alfombra roja se extendía como una lengua escarlata, flanqueada por fotógrafos.
El chofer abrió la puerta. Adriel salió con gracia natural, extendiendo la mano hacia Itzel.
Ella la tomó. Los flashes comenzaron a dispararse cuando emergió, el vestido rojo capturando la luz.
Adriel colocó su mano en la espalda baja de Itzel. Piel contra piel. Como tocar un cable eléctrico. Cada dedo quemaba su marca mientras la guiaba por la alfombra. El calor de su palma se expandía como ondas, despertando terminaciones nerviosas.
—Sonríe. —Susurro contra su oído—. Actúa como si quisieras estar aquí conmigo.
Los reporteros gritaban preguntas:
—¡Señor Zúñiga-Cortés! ¿Es cierto que se casó en secreto?
—¡Adriel! ¿Qué opina Renata Villalobos de su matrimonio?
El último nombre hizo que los dedos de Adriel se tensaran.
El espacio de la gala era un jardín de ensueño. Orquídeas blancas y rosas rojas colgaban del techo. Mesas con manteles de seda, centros de mesa de cristal, cientos de velas. Meseros circulaban con champagne francés y canapés.
La élite de México llenaba el espacio. Herederas petroleras, CEOs, políticos. Todos la miraban.
Adriel comenzó las presentaciones. Su mano nunca abandonó la espalda de Itzel.
—Itzel, mi esposa.
Las palabras sonaban extrañas en sus labios. Los empresarios estrechaban su mano con sonrisas calculadoras. Las esposas la evaluaban.
Una mujer mayor con cabello plateado en chignon lanzó la primera granada.
—Qué rápido superaste a Renata, Adriel. —Labios rojo oscuro, terciopelo sobre cuchillas—. Hace tres meses estaban juntos en el yate de los Domínguez.
La mandíbula de Adriel se tensó. Itzel sintió sus dedos clavarse en su espalda.
—Las cosas cambian, Señora Mercado. —Tono glacial—. El pasado es pasado.
Antes de que respondiera, una voz cortó el aire:
—Adriel, amor, ¡qué sorpresa verte aquí!
El mundo se ralentizó. Renata Villalobos hacía su entrada. Belleza clásica cruel: cabello rubio platino en rizos perfectos, piel de porcelana, rasgos esculpidos. Vestido dorado diseñado para capturar toda la luz.
Treinta y dos años pareciendo veinticinco. Ojos azules brillantes con inteligencia afilada. Pasos que convertían el caminar en arte.
Ignoró a Itzel treinta segundos completos. Besó ambas mejillas de Adriel con familiaridad íntima.
—Te ves devastadoramente guapo esta noche. Ese esmoquin es nuevo, ¿verdad?
Finalmente, como si acabara de notar a Itzel, giró con sorpresa perfectamente actuada.
—Ah, tú debes ser... ¿la secretaria nueva?
El insulto cayó como ácido. Adriel se tensó.
—Itzel es mi esposa, Renata. Ya lo sabes.
Renata parpadeó con inocencia falsa.
—¿Esposa? —Mano al pecho—. Pero si hace tres meses me decías que nunca volverías a confiar en ninguna mujer—
—Hace tres meses él no te conocía a ti. —Itzel interrumpió con dulzura acerada—. ¿O sí, amor?
Giró hacia Adriel con sonrisa amorosa, ojos retándolo.
Por un segundo, sorpresa genuina. Luego algo más oscuro.
Jugó el juego.
Su mano abandonó la espalda para deslizarse alrededor de su cintura, atrayéndola contra su cuerpo. Se inclinó como si fuera a susurrar algo íntimo, labios rozando su mejilla.
Pero en el último momento, el ángulo cambió.
Los labios de Adriel rozaron la comisura de la boca de Itzel. Mitad accidente, mitad intención. La chispa fue visceral. Itzel tuvo que esforzarse por no jadear. Calor, presión, sabor fantasma de whisky y menta.
Cuando se separó, los ojos grises estaban más oscuros, pupilas dilatadas.
—Mi esposa. —Reivindicación territorial mirando a Renata.
La expresión de Renata se endureció una fracción antes de que la máscara regresara. Pero Itzel vio la furia pura en esos ojos azules.
—Qué... encantador. —Tomó champagne, dedos blanqueando nudillos—. Siempre tuviste talento para encontrar... proyectos de caridad.
La puñalada verbal encontró su marca. Antes de que Itzel pudiera responder, Renata ya se había girado hacia otras mujeres.
—Señoras, ¿no deberíamos conocer mejor a la nueva Señora Zúñiga-Cortés? —Dulzura falsa—. Apareció de la nada para robarle el corazón a nuestro querido Adriel.
Las mujeres se acercaron como buitres. Adriel pareció a punto de intervenir, pero un socio lo llamó con urgencia.
Su mano apretó la cintura de Itzel. Advertencia o aliento.
—Estaré bien.
Él dudó tres latidos antes de soltarla, dedos deslizándose con reluctancia. La sensación de pérdida fue aguda.
El círculo se cerró como trampa de mandíbulas. Renata en el centro, gracia de depredadora apex.
—Entonces, querida. —Una mujer con diamantes enormes—. ¿A qué te dedicabas antes de... esto?
—Soy arquitecta. Diseñaba edificios comerciales.
—Qué fascinante. —Renata bebió champagne—. ¿Y cómo exactamente conociste a Adriel? Todos estamos muriéndonos de curiosidad. Su relación fue tan... repentina.
Las mujeres se inclinaron, hambrientas de chisme.
Itzel abrió la boca, pero Renata interrumpió:
—Debe ser difícil limpiar tu reputación después de lo de Ricardo Ibarra.
El nombre cayó como bomba nuclear. Silencio absoluto. Todas las miradas con fascinación morbosa.
—No sé de qué hablas.
—¿No? —Renata ladeó la cabeza—. Qué extraño que Adriel no te haya contado que Ricardo era su mejor amigo desde la preparatoria... hasta que tú decidiste seducirlo en su oficina a medianoche.
El veneno se filtró como gas tóxico. Las mujeres intercambiaron miradas cargadas, expresiones pasando de curiosidad a juicio condenatorio.
—Eso es—
—Renata, suficiente.
La voz de Adriel cortó como látigo. Había aparecido detrás de Itzel, muralla sólida de furia. Su mano encontró su codo.
—Discúlpennos, señoras.
La condujo hacia el balcón exterior, dedos quemando marcas. El aire nocturno de febrero golpeó como bofetada fría.
El balcón estaba vacío. Luces de la ciudad parpadeando. Adriel soltó su brazo y se giró con expresión que mezclaba furia y algo más oscuro.
—¿Pensaste que no sabría? —Ácido—. Ricardo confesó todo. Me dijo exactamente lo que hiciste.
—¿Qué confesó exactamente? —Itzel temblaba de rabia—. Porque estoy curiosa por escuchar su versión.
—Que lo sedujiste. —Adriel invadió su espacio—. Que arruinaste su matrimonio de quince años porque querías ascender acostándote con el jefe.
—Eso es mentira. —Lágrimas de frustración ardían—. Yo nunca—
—Hay fotografías, Itzel. —Sacó su teléfono—. Te vi en su oficina a medianoche. Saliendo tres horas después con la blusa desabotonada.
—Estaba ahí porque soy arquitecta. —Voz quebrándose—. Diseñé su edificio nuevo en Insurgentes. Las reuniones nocturnas eran porque él insistió en "revisar planos". Y entonces intentó besarme a la fuerza. Rasgó mi blusa cuando intenté apartarlo. Yo lo rechacé y hui. Al día siguiente comenzó a esparcir rumores para protegerse.
Por primera vez, Adriel dudó. La certeza vaciló.
—¿Por qué debería creerte? —Pero sonó como súplica.
—Porque a diferencia de ti, yo no miento. —Lágrimas cayeron—. Pero no importa. Ya decidiste quién soy. Igual que todos.
Adriel abrió la boca, pero la voz de Renata interrumpió:
—Adriel, Ricardo acaba de llegar. —Sonrisa que prometía sangre—. Dice que necesita hablar contigo urgentemente sobre... ella.
Señaló a Itzel con desprecio.
Ricardo Ibarra entró al balcón. Su expresión al ver a Itzel fue de pánico puro que confirmó cada palabra que ella había dicho.







