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El hombre que me compró como esposa me miró como si acabara de pisar excremento en sus zapatos de mil dólares.
Itzel Morantes mantenía su espalda recta contra el respaldo de la silla de cuero italiano, negándose a darle la satisfacción de verla desmoronarse. La oficina de abogados Santillán & Asociados olía a dinero viejo y poder consolidado durante generaciones. Las paredes de caoba oscura parecían cerrar el espacio con cada segundo que pasaba.
La puerta del despacho se abrió sin previo aviso.
Adriel Zúñiga-Cortés entró con la clase de presencia que hacía que el oxígeno abandonara la habitación. Media un metro ochenta y ocho de pura arrogancia envuelta en un traje Tom Ford color carbón. Su cabello negro estaba peinado hacia atrás con gel caro, y sus ojos grises como el acero fundido la paralizaron en su lugar, cargados con un desprecio tan palpable que Itzel sintió cómo se materializaba en el aire.
—Así que tú eres la impostora que arruinó la reputación de mi familia. —Su voz tenía la textura del terciopelo sobre cuchillas.
El Licenciado Santillán se aclaró la garganta.
—Señor Zúñiga-Cortés, recordemos que este acuerdo es mutuamente beneficioso—
—Cállese. —Adriel se dejó caer en la silla frente a ella—. Quiero escucharlo de su boca. Quiero que me diga que está vendiendo su dignidad por dinero, como la prostituta que demostró ser en la oficina de Ricardo Ibarra.
El golpe verbal encontró su objetivo. Itzel sintió el calor en sus mejillas, pero mantuvo la barbilla alta. El recuerdo llegó: Ricardo Ibarra tres meses atrás, sus manos sobre ella, su aliento a whisky mientras intentaba besarla a la fuerza. El sonido de su blusa rasgándose. Los rumores que él esparció al día siguiente.
—No soy lo que los rumores dicen. —Las palabras salieron firmes—. Pero tampoco le debo explicaciones a un hombre que me está comprando como ganado.
Los ojos de Adriel se entrecerraron. Por un segundo, algo parecido a la sorpresa atravesó su expresión.
—Tiene agallas. —Se reclinó—. Aunque la valentía no borra lo que hizo. Ricardo es mi mejor amigo desde la preparatoria. Quince años de amistad destruidos porque usted decidió seducir a un hombre casado.
—Eso es mentira. Yo nunca—
—Hay fotografías. —Sacó su teléfono—. Usted entrando a su oficina a las once de la noche. Saliendo tres horas después con la blusa desabotonada.
Las imágenes mostraban exactamente eso, pero faltaba el contexto. Faltaba cómo Ricardo la citó para "revisar planos". Faltaba el momento en que intentó forzarse sobre ella.
—Estuve ahí, sí. Pero no por las razones que él dijo. —Itzel tragó saliva—. Aunque sospecho que mi versión no le interesa.
—Tiene razón. —Adriel guardó su teléfono—. Lo único que me importa es que este circo termine rápido. Escuche las reglas porque no las repetiré.
El Licenciado Santillán colocó el contrato sobre la mesa. Cincuenta páginas con el logotipo de los Zúñiga-Cortés: una corona de laureles entrelazada con una espada.
—Habitaciones separadas. No compartiremos espacios íntimos. —Su mirada la recorrió con desdén—. No se preocupe, la idea de tocarla me resulta tan repulsiva como probablemente le resulte a usted.
Itzel sintió algo retorcerse en su estómago, pero mantuvo su expresión neutral.
—Cero contacto físico en privado. En público, actuará como mi esposa devota. Sonrisas, miradas amorosas, la pantomima completa. —Adriel tamborileó sus dedos—. Asistirá a eventos, galas, cenas. Usará la ropa que yo elija, dirá lo que yo indique, y nunca revelará la naturaleza contractual de este matrimonio.
—¿Quiere una muñeca que pueda exhibir?
—Exactamente. Me alegra que lo entienda. Veo que tiene algo de inteligencia debajo de toda esa ambición destructiva.
Las manos de Itzel temblaban bajo la mesa. Se clavó las uñas en las palmas. No podía llorar. No cuando su padre estaba en el Hospital Ángeles con insuficiencia renal, conectado a máquinas que costaban cincuenta mil pesos diarios. No cuando los agiotistas amenazaban con quemarle las manos si no recibían los cincuenta millones que había pedido prestados.
Este matrimonio era su única opción.
—Mi padre... —comenzó, odiando cómo su voz se quebraba—. Usted prometió que cubriría sus gastos médicos. Que pagaría las deudas.
Por primera vez, algo parecido a la compasión atravesó el rostro de Adriel. Pero desapareció antes de que pudiera identificarlo.
—Su padre recibirá el mejor tratamiento. Las deudas serán liquidadas hoy. —Se inclinó hacia adelante—. Pero usted me pertenecerá durante un año completo. Trescientos sesenta y cinco días de ser la perfecta señora Zúñiga-Cortés. ¿Puede cumplir sin arruinar mi apellido más de lo que ya lo hizo?
La crueldad era como ácido. Itzel quería gritarle que ella no había arruinado nada, que era víctima. Pero las palabras se atoraron cuando vio la certeza en sus ojos.
Él ya la había juzgado. Ya la había condenado.
—Puedo cumplir. —Las palabras salieron como una rendición.
El Licenciado Santillán empujó el contrato junto con una pluma Mont Blanc. Itzel hojeó las páginas sin leer: cláusulas de confidencialidad, compensación financiera, condiciones de anulación.
—Necesitamos una fotografía para el anuncio de compromiso. —La voz del abogado la sacó de su trance—. Los medios esperan una declaración esta tarde.
Adriel se puso de pie y rodeó la mesa hasta quedar detrás de ella. Su colonia la golpeó: notas de cedro y pimienta negra mezcladas con algo más oscuro. El aroma se grabó en su memoria.
—Levántese.
Itzel obedeció, consciente de cómo su estatura la hacía parecer diminuta. Adriel colocó su mano en la cintura de ella con el tipo de contacto que un científico usaría al manipular una muestra contaminada.
El fotógrafo apareció desde una esquina. El flash los cegó mientras Adriel la acercaba contra su cuerpo, su mano quemando su piel a través de la tela. Itzel podía sentir cada uno de sus dedos, el pulgar cerca de la curva de su pecho.
—Sonría. —El susurro contra su oído envió un escalofrío por su columna—. Haga que parezca que realmente la quiero y no que acabo de comprar el problema más caro de mi vida.
Itzel forzó una sonrisa mientras su corazón latía salvaje. El flash disparó tres veces.
Adriel la soltó inmediatamente, limpiándose la mano en su pantalón como si acabara de tocar algo asqueroso. El gesto fue tan calculadamente cruel que Itzel sintió cómo algo dentro de ella se endurecía.
Si él quería jugar al matrimonio de mentiras, ella le daría el espectáculo de su vida.
Regresó a la mesa y firmó el contrato con trazos firmes, ignorando cómo la tinta manchaba su mano cuando el pulso errático hizo que la pluma resbalara. Cada letra se sentía como una cadena alrededor de sus muñecas, pero también como una llave que abría la puerta de la supervivencia de su padre.
Adriel firmó después sin ceremonias, su letra perfecta hablando de años en colegios privados europeos. Guardó su pluma Mont Blanc en el bolsillo interior de su saco.
Se inclinó sobre la mesa, acercando su rostro al de Itzel hasta que sus alientos se mezclaron. Sus ojos grises la estudiaron con una intensidad que hizo que cada terminación nerviosa en su cuerpo se encendiera con una mezcla de miedo y algo más oscuro.
—Disfruta tu año de lujo, señorita Morantes. —Su voz era seda sobre veneno—. Porque cuando descubra toda la verdad sobre ti, me aseguraré de que desees nunca haber nacido.







