Mundo ficciónIniciar sesiónMi nueva prisión tenía vistas al Bosque de Chapultepec y costaba más que todo lo que había conocido en mi vida.
La Torre Diamante se elevaba cincuenta y dos pisos sobre Polanco como un monolito de cristal y acero. Itzel mantuvo su frente contra la ventana del elevador privado mientras la ciudad se encogía bajo sus pies. El ascenso fue tan rápido que sus oídos protestaron con chasquidos dolorosos.
Las puertas se abrieron directamente en el penthouse.
El espacio robó el aliento de sus pulmones. Ventanales del piso al techo enmarcaban la ciudad. Sofás de cuero italiano, mesas de mármol Calacatta, lámparas de diseñador. El piso de madera oscura brillaba con lustre que hablaba de mantenimiento diario.
—Buenas tardes, señora Zúñiga-Cortés.
Itzel se giró. Una mujer de sesenta años emergía de la cocina con delantal bordado. Cabello gris en moño bajo, arrugas alrededor de los ojos que hablaban de sonrisas genuinas.
—Soy Doña Paz, el ama de llaves. El señor Adriel me pidió que la recibiera. Él llegará más tarde esta noche.
Sus habitaciones. No nuestra habitación.
Doña Paz la guió hacia una puerta doble que reveló una suite completa. La habitación era más grande que el departamento donde Itzel había vivido toda su vida. Cama king size con sábanas gris perla, área de estar, baño de mármol con tina enorme, vestidor que se extendía como una boutique.
Pero fue el armario lo que hizo que su estómago se retorciera.
Docenas de vestidos colgaban en perchas de terciopelo, organizados por color. Trajes sastre, blusas de seda, zapatos Louboutin. Todo en su talla exacta. Talla seis. Nadie le había preguntado.
—El señor Adriel contrató a un estilista personal. —La voz de Doña Paz llegó cargada de lástima—. Quería que tuviera todo para sus obligaciones sociales.
Obligaciones. El eufemismo para su rol como muñeca de porcelana.
—Gracias. Solo... necesito estar sola.
Doña Paz asintió y se retiró. Itzel se dejó caer sobre la cama. Sus ojos recorrieron el techo. Hace veinticuatro horas estaba en su departamento de techos bajos, preocupándose por la factura de luz. Ahora estaba en una cama que costaba más que un auto.
Su mirada cayó sobre la mesita de noche.
Una fotografía enmarcada en plata. Itzel la tomó con manos temblorosas.
La imagen mostraba a ella y Adriel en una playa al atardecer, sonriendo, manos entrelazadas. El photoshop era impecable. Profesional. Perturbador.
Nunca habían estado juntos en ninguna playa. Esta foto era una mentira como su matrimonio entero.
El sonido de la puerta principal la arrancó de sus pensamientos. 12:47 AM. Pasos pesados y arrastrados se acercaban.
La puerta de su habitación se abrió sin aviso.
Adriel estaba recargado contra el marco, traje arrugado, corbata aflojada. Su cabello perfectamente peinado estaba desordenado. Pero fueron sus ojos lo que la paralizó: vidriosos, perdidos entre la sobriedad y la inconsciencia.
Estaba borracho.
—Renata. —La palabra salió como una súplica rota—. Sabía que volverías.
El cuerpo de Itzel se tensó bajo el camisón blanco. Bajo la mirada desorientada de Adriel, se sintió desnuda.
—No soy Renata. Soy Itzel. Tu esposa. ¿Recuerdas?
Adriel entrecerró los ojos. Dio dos pasos tambaleantes. Podía oler el whisky caro mezclado con algo amargo.
—Mi esposa. —Se rio sin humor—. La impostora que compré para reemplazar a la única mujer que realmente amé. Qué irónico.
Las palabras fueron puñales, pero Itzel las recibió sin encogerse.
—Renata nunca me habría traicionado como tú. —Se tambaleó cerca de la cama—. Ella era perfecta. Pura. No una cazafortunas que seduce hombres casados.
—No sé de qué hablas. —Itzel se puso de pie, manteniendo distancia—. Pero no soy quien crees.
—Todos los mentirosos dicen lo mismo. —Adriel extendió su mano, pero sus piernas cedieron.
Se desplomó sobre la cama con un golpe sordo. Su cuerpo quedó extendido diagonal, un brazo colgando mientras su pecho subía y bajaba con respiraciones que olían a whisky Macallan.
Itzel se quedó de pie varios minutos, observando al hombre que la había comprado. En el sueño inducido por el alcohol, las líneas duras de su rostro se suavizaban. Se veía más joven, más vulnerable. Casi humano.
Con un suspiro, tomó la manta de cachemira y la extendió sobre él. Sus dedos rozaron accidentalmente su mejilla. La piel estaba caliente, suave de una manera que contrastaba con su frialdad emocional.
—¿Quién te hizo tanto daño? —susurró, sabiendo que no obtendría respuesta.
Se retiró a la silla del área de estar. La noche se extendió larga mientras observaba las luces de la ciudad, preguntándose qué había hecho con su vida.
El amanecer llegó con luz rosada. Itzel todavía estaba despierta. Sus músculos protestaron cuando se puso de pie.
Adriel se incorporó bruscamente, desorientado. Su mirada recorrió la habitación antes de posarse en Itzel. Algo parecido a la mortificación atravesó su expresión antes de que la máscara regresara.
—Buenos días. —Las palabras de Itzel salieron cortantes—. Dormiste bien, considerando que te desmayaste borracho en mi cama.
La vergüenza brilló brevemente antes de ser enterrada. Se puso de pie, alisando su traje arrugado.
—Esto no volverá a suceder.
—Estoy segura. —Itzel cruzó los brazos—. Aunque apreciaría que la próxima vez lo hagas en tu propia habitación.
Algo peligroso brilló en su mirada, pero no respondió. Se dirigió a la puerta con pasos que intentaban parecer seguros.
Treinta minutos después, Itzel emergió vestida con jeans y blusa blanca, siguiendo el aroma a café. La cocina era diseño moderno: electrodomésticos de acero, encimeras de granito negro, isla central donde Adriel estaba sentado con café negro, mirando su tablet.
Doña Paz preparaba huevos y tocino. Le ofreció una sonrisa maternal.
—Buenos días, señora. ¿Dormiste bien?
Los hombros de Adriel se tensaron.
—Bien, gracias. —La mentira salió suave—. Déjame ayudarte.
Antes de que Doña Paz pudiera protestar, Itzel había tomado la espátula. Revolvió los huevos con movimientos que hablaban de años cocinando para su padre. Añadió sal, pimienta, queso Oaxaca del refrigerador Sub-Zero.
Adriel la observaba. Cuando sus miradas se encontraron, vio sorpresa genuina.
Sirvió los huevos en dos platos y colocó uno frente a Adriel. Se sentó en el otro lado de la isla.
Él tomó un bocado. Luego otro. Sus cejas se elevaron.
—Está... bueno.
—Mi padre me enseñó. —Itzel pinchó sus huevos—. Decía que saber cocinar era tan importante como saber leer planos arquitectónicos.
El silencio fue menos hostil que tenso.
Adriel limpió su boca.
—Hay una gala benéfica esta noche. Museo Tamayo. Necesito que estés lista a las siete. —Sacó una tarjeta Black American Express—. Compra un vestido digno de mi apellido. No escatimes.
Itzel miró la tarjeta como una serpiente. El plástico negro brillaba, prometiendo acceso ilimitado a un mundo que nunca había sido suyo.
—Tengo el que usé en mi graduación. —Empujó la tarjeta de regreso—. Será suficiente.
La sorpresa en su rostro fue genuina. Sus ojos grises la estudiaron como si viera una criatura que no podía clasificar.
—¿Estás rechazando dinero ilimitado?
—Estoy rechazando tu caridad. —Itzel sostuvo su mirada—. Me casé contigo por necesidad, no por codicia. Hay una diferencia.
Antes de que Adriel pudiera responder, el timbre sonó. Doña Paz regresó con una caja de diseñador. El logotipo dorado de alta costura parisina brillaba en la tapa.
—Esto acaba de llegar para la señora Zúñiga-Cortés.
Itzel abrió la tapa. Papel de seda marfil reveló un vestido que robó el oxígeno. Color rojo sangre, tela que capturaba la luz como rubíes líquidos. Escote profundo en V, espalda abierta, abertura lateral hasta el muslo.
Había una tarjeta sobre el vestido.
"Para la nueva Señora Zúñiga-Cortés. Bienvenida a la familia. Con cariño, Renata Villalobos."
El nombre cayó como una bomba. Itzel levantó la vista hacia Adriel. Su expresión se oscurecía, la mandíbula apretándose hasta marcar los músculos.
—Ella no sabe que estás aquí. —Su voz era peligrosamente baja—. Nadie fuera de mi círculo interno sabe sobre nuestro matrimonio. ¿Cómo demonios...?
La pregunta quedó suspendida como una guillotina, mientras el vestido rojo sangre brillaba entre ellos como advertencia de tormentas venideras.







