Mundo ficciónIniciar sesiónLa fotografía de un fantasma estaba a punto de destruir lo único real que había sentido en años.
Adriel no había dormido. Las horas se arrastraron mientras permanecía en su oficina, la pantalla de su teléfono iluminando su rostro con ese resplandor espectral. La imagen de Itzel y Matías lo miraba como una acusación silenciosa. Su hermano menor. Su única familia después de que sus padres murieron en ese accidente de avioneta.
Y ahí estaba Matías, sonriendo con esa sonrisa abierta que Adriel había olvidado, su brazo alrededor de una Itzel más joven que parecía genuinamente feliz. No la mujer rota del contrato. Esta era una Itzel que todavía creía en cosas buenas.
El timing lo atormentaba. Matías había muerto hace cuatro años. Itzel tenía veintisiete. En la fotografía, ella debía tener veintidós, tal vez veintitrés. Los números encajaban con precisión cruel.
Abrió los archivos sobre la muerte de su hermano. El reporte policial era insultante en su brevedad: "Accidente automovilístico en carretera a Cuernavaca. Vehículo se salió del camino en km 47, cayendo por barranca de veinte metros. Causa probable: exceso de velocidad + alcohol en sangre."
Pero Matías no bebía. Nunca. Y al volante era obsesivamente cuidadoso. Adriel siempre había sospechado que algo más pasó esa noche.
Ahora tenía un nombre que buscar.
Tecleó "Itzel Morantes" en la base de datos policial de esa fecha. Nada. Su nombre no aparecía. Como si nunca hubiera estado ahí. Como si nunca hubiera conocido a Matías.
Pero la fotografía probaba lo contrario.
El amanecer llegó con dedos rosados, encontrando a Adriel todavía despierto, todavía mirando la imagen que amenazaba con reescribir todo.
Necesitaba respuestas. Ahora.
Itzel despertó con el peso de los recuerdos sobre su pecho como piedras. Había dormido mal, plagada de sueños donde Adriel se alejaba una y otra vez. La luz de la mañana se derramaba por su habitación con alegría ofensiva.
Se vistió con movimientos automáticos: jeans desgastados, blusa blanca simple. Nada de la ropa de diseñador. Necesitaba sentirse como ella misma hoy.
Bajó las escaleras descalza, el mármol frío bajo sus pies. La cocina estaba inundada de luz, pero la atmósfera era gélida.
Adriel estaba sentado en la isla central, café negro frente a él. Su tablet cerca, pero sus ojos grises clavados en la distancia. No levantó la vista cuando ella entró.
Doña Paz estaba junto a la estufa, pero algo en la tensión hizo que captara la necesidad de privacidad. Limpió sus manos y salió sin palabra, sus pasos desvaneciéndose como susurro.
El silencio era denso, casi sólido.
Itzel se acercó a la cafetera con manos que intentaban no temblar. Sirvió café en una taza de porcelana, el líquido oscuro liberando aroma a mañanas normales que esta definitivamente no era.
—Necesitamos hablar sobre Matías.
Las palabras de Adriel cortaron como bisturí. La taza se resbaló de los dedos de Itzel y se estrelló contra el mármol, fragmentándose en cientos de pedazos mientras el café se derramaba como mancha oscura.
Ella se quedó paralizada. La sangre abandonó su rostro tan rápido que sintió mareo. Sus manos comenzaron a temblar sin control.
—¿Quién te dijo sobre...? —Las palabras murieron. No podía terminar la frase. No podía pronunciar ese nombre.
Adriel levantó su teléfono sin decir nada, girando la pantalla hacia ella.
La fotografía la golpeó como tsunami emocional. Ahí estaba Matías, congelado en pixels, con esa sonrisa que había iluminado sus días más oscuros. Y ahí estaba ella, tan joven, tan estúpida, tan completamente inconsciente de que en días ese hombre estaría muerto.
Las lágrimas brotaron instantáneamente. Extendió su mano temblorosa, sus dedos rozando la pantalla con suavidad reverente, como si pudiera tocar a Matías a través del cristal y el tiempo.
—No he visto esta foto en cinco años. —Voz quebrada, apenas un susurro.
—Explícame qué eras para mi hermano. —La voz de Adriel era controlada, pero Itzel escuchaba la tensión vibrando como cables de acero a punto de romperse.
Ella se dejó caer en el taburete frente a él, piernas negándose a sostenerla. Los pedazos de porcelana crujían bajo sus pies descalzos, pero el dolor físico era bienvenido.
—Era mi mejor amigo. —Palabras rasposas—. Mi único amigo real en esa época.
Y entonces todo se derramó como represa rota. Le contó sobre la universidad, sobre cómo se conocieron en proyecto de colaboración. Sobre las horas en cafeterías baratas, dibujando edificios imposibles en servilletas. Sobre cómo Matías la había sostenido cuando su madre murió de cáncer y ella tenía veintiún años.
—Él era amable. Divertido. Soñador de una manera que hacía que creyeras que todo era posible. —Itzel se limpió las lágrimas—. Hablábamos de proyectos que cambiarían ciudades. De edificios que contarían historias—
—¿Estabas enamorada de él?
La pregunta fue directa como bala. Itzel parpadeó, lágrimas cayendo más rápido.
—Él estaba enamorado de mí. —Voz quebrada—. Yo... no estaba lista. Tenía miedo.
La confesión llegó como alud. La noche antes de su muerte, Matías le había confesado sus sentimientos en ese café cerca del campus. Le había pedido que se fueran juntos a Cuernavaca ese fin de semana, que le diera una oportunidad.
Y ella había dicho que no. Había visto el dolor en sus ojos cuando se alejó. Al día siguiente, la llamada informándole que Matías había muerto.
—Llevo cuatro años preguntándome si rechazarlo lo distrajo. —Itzel se quebró completamente—. Si mi 'no' lo mató.
Adriel se quedó inmóvil, procesando cada palabra.
—Por eso cuando vi tu apellido en el contrato matrimonial... supe quién eras. —Las palabras cayeron como piedras—. Sabía que eras el hermano mayor de Matías. Él hablaba de ti todo el tiempo. De cómo lo protegías. De cómo admiraba tu éxito.
El shock en el rostro de Adriel fue absoluto.
—¿Sabías quién era yo desde el principio?
—Sí. —Itzel sostuvo su mirada—. Pero tú me odiabas tanto que pensé... pensé que era mi castigo. Mi penitencia por haberlo rechazado.
Adriel se levantó bruscamente, el taburete raspando contra el mármol. Le dio la espalda, manos aferrándose al borde de la encimera con fuerza.
El silencio se extendió como abismo.
Finalmente, Adriel se giró. La furia había sido reemplazada por algo más complejo.
—¿Y si alguien más sabía sobre ustedes?
Itzel parpadeó, confundida.
—¿Qué?
—La muerte de Matías nunca me hizo sentido. —Adriel comenzó a caminar—. Él no bebía. No era imprudente. Pero el reporte dice que tenía alcohol en sangre. ¿Qué si alguien orquestó el accidente?
—¿Por qué alguien querría matar a Matías?
—Porque había descubierto algo. —Adriel se detuvo frente a ella—. Me llamó la noche antes de morir. Dijo que había encontrado evidencia de fraude en uno de los proyectos de la empresa. Nunca llegó a mostrármela.
El corazón de Itzel se detuvo.
—¿Qué proyecto?
—El edificio en Insurgentes. —Ojos grises clavados en los suyos—. El mismo que tú diseñaste años después. El mismo proyecto de Ricardo Ibarra.
El horror se filtró por las venas de Itzel como hielo líquido.
—Ricardo conoció a Matías. —Voz apenas audible—. Él... él estuvo en la universidad dando una conferencia. Matías lo admiraba. Hablaba de él como mentor.
Las piezas comenzaron a encajar con claridad aterradora. Ricardo. Renata. El edificio. La muerte de Matías. Su matrimonio con Adriel.
—¿Qué si nada de esto ha sido coincidencia? —Adriel se acercó, tomando las manos de Itzel—. ¿Qué si alguien ha estado moviendo piezas desde el principio?
—Pero ¿por qué? —Las lágrimas habían dejado de caer, reemplazadas por determinación fría—. ¿Qué ganan con destruirnos?
—No lo sé. Pero necesitamos descubrirlo. —Adriel apretó sus manos—. Juntos.
—¿Me crees? —Pregunta vulnerable—. ¿Crees que no te manipulé?
—Creo que ambos somos piezas en un juego que no entendemos. —Adriel levantó su mano para acariciar la mejilla de ella—. Pero si vamos a ganar, necesitamos confiar el uno en el otro.
Se inclinó hacia ella lentamente. Cuando sus labios se encontraron, no fue beso apasionado de películas. Fue suave, lento, cargado con promesas y miedo. Un pacto sellado con contacto.
Cuando se separaron, ambos sabían que todo había cambiado.
El teléfono de Adriel comenzó a sonar, sonido estridente destrozando el momento. Número privado. Él frunció el ceño, contestó en altavoz.
Una voz distorsionada electrónicamente llenó la cocina:
—Qué conmovedor. Pero Itzel no te ha contado toda la verdad, Adriel. Pregúntale sobre la última vez que vio a Matías vivo. Pregúntale qué pasó realmente en la carretera a Cuernavaca.
La llamada se cortó, dejando solo el eco de la amenaza.
Adriel giró hacia Itzel con ojos llenos de desconfianza.
—¿De qué está hablando?
Itzel sintió cómo el piso se abría bajo sus pies. La palidez regresó brutal.
—Yo... hay algo que no te dije.
Las palabras se derramaron como confesión bajo tortura. Sí, había rechazado a Matías esa noche. Pero al día siguiente, había cambiado de opinión. Había tomado un autobús a Cuernavaca, queriendo darle una oportunidad.
Lo había alcanzado en la carretera. Había visto su auto. Y entonces, en segundos, lo vio salirse del camino. Vio cómo el vehículo volaba por la barranca. Vio el final antes de poder gritar.
—Estaba ahí cuando murió. —Lágrimas sin control—. Vi todo. Y nunca le dije nada a nadie porque tenía miedo. Porque la policía dijo que fue accidente y yo era solo una estudiante sin dinero. Nadie me habría creído. Y me culpaba tanto que...
—¿Estuviste ahí y nunca le dijiste nada a mi familia? —Voz de Adriel salió rota, cada palabra una acusación.
—Lo siento. —Itzel sollozaba—. Lo siento tanto.
Adriel se alejó de ella como si quemara. Su expresión era mezcla de traición, dolor y algo más oscuro.
—Necesito tiempo para procesar esto.
Salió de la cocina sin mirar atrás. Itzel escuchó sus pasos cruzar el penthouse, escuchó la puerta del elevador. Entonces se derrumbó en el piso de mármol, entre pedazos rotos de porcelana y café derramado, sollozando.
No vio la cámara de seguridad en la esquina superior parpadear en rojo.
Alguien estaba observando todo.







