El aire en el ático de Barcelona estaba estático, como si el oxígeno se hubiera solidificado en cristal a la espera de un golpe que lo rompiera todo.
En el altavoz del teléfono, la respiración del Dr. Soria se oyó amplificada.
Elena Vargas apretó los ojos, preparándose para el impacto.
—El análisis es concluyente —repitió el genetista. Hubo una pausa de un segundo, quizás buscando el tono profesional adecuado, pero cuando habló, su voz traicionó una emoción que rompía el protocolo científico—.