El gel estaba frío.
Era una sensación física trivial, casi ridícula, para desencadenar el fin del mundo. Pero cuando la sonda del ecógrafo tocó la piel desnuda de su vientre, Elena Vargas sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura del hospital y todo que ver con la memoria celular del terror.
La habitación 304 del Hospital Quirón era un espacio de lujo aséptico. Paredes de color crema, un sofá de cuero para el acompañante y una ventana con vistas a la ciudad que ella habí