El olor a pintura plástica satinada llenaba el pasillo del ático. Era un olor químico, pero limpio; el olor de las páginas en blanco y los nuevos comienzos.
Dentro de la habitación que antes había sido el despacho de invitados (y ocasionalmente un centro de crisis estratégica), Rafael Montoya estaba subido a una escalera de aluminio, con un rodillo en la mano y una mancha de pintura azul oscuro en la mejilla.
—¿Más a la izquierda? —preguntó, señalando una esquina del techo.
Elena, sentada en un