CAPÍTULO 188

El dolor no era una línea recta; era una marea.

Empezaba en la parte baja de la espalda, un rumor sordo y lejano, y crecía rápidamente hasta convertirse en un tsunami de presión incandescente que envolvía las caderas, el vientre y la mente, borrando todo lo demás.

—¡Aaaah! —El grito de Elena se escapó entre sus dientes apretados, un sonido gutural que nunca antes había emitido, ni siquiera cuando la torturaron en Yakarta.

La habitación de partos del Hospital Quirón estaba bañada por una luz bla
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