La llave plateada, extraída de las entrañas del reloj de su abuelo, estaba fría en la palma de Elena.
No era una llave común. Tenía un dentado tridimensional, una pieza de ingeniería de precisión que contrastaba con la antigüedad del mueble donde había estado escondida. Era el puente entre el mundo analógico de Alejandro Vargas y sus secretos tecnológicos.
Elena regresó a la biblioteca. Se movía con la fluidez de un espectro, sus pies descalzos memorizando el silencio de las tablas del suelo. L