El sonido de la madera noble arrastrándose contra el parquet fue un chirrido agónico, como el grito de un animal herido.
Elena empujó con el hombro, clavando los pies descalzos en la alfombra persa para ganar tracción. La cómoda de caoba maciza, una antigüedad del siglo XIX llena de ropa de cama, pesaba una tonelada. Pero el terror pesa más.
—Muévete... —gruñó, apretando los dientes hasta que la mandíbula le dolió.
Con un último empujón brutal, la cómoda se deslizó y chocó contra la puerta de d