Las tres de la madrugada es la hora del lobo. La hora en que el insomnio se vuelve físico y las paredes de una casa, por muy lujosa que sea, empiezan a cerrarse sobre sus habitantes como las costillas de una jaula.
Elena Vargas abrió los ojos en la oscuridad de su antigua habitación.
No se había movido en cuatro horas. Había mantenido una respiración rítmica y profunda, engañando a los micrófonos ocultos y, posiblemente, a algún guardia aburrido que vigilara los monitores de seguridad en el ane