El tiempo se dilató.
Para Elena, tirada en el suelo de mármol del vestíbulo, el mundo se redujo al dedo índice de Marcus Thorne. Vio cómo la piel del dedo se blanqueaba al ejercer presión sobre el gatillo del rifle de pulsos.
Escuchó el zumbido de los condensadores llegando al clímax.
Zzzzzzzzzip.
—Adiós, Elena —dijo Thorne.
Su instinto, afilado por días de tortura y supervivencia, tomó el control antes que su cerebro consciente.
Elena se lanzó hacia la derecha, rodando sobre el suelo pulido co