El olor llegó antes que la imagen.
Era un olor espeso, acre, que se pegaba a la garganta y hacía llorar los ojos antes de que el cerebro pudiera procesar el desastre. Olía a madera mojada, a resina hervida y a recuerdos convertidos en carbón.
Rafael detuvo la moto en el linde del bosque, apagando el motor y las luces para no delatar su posición.
El silencio que siguió al rugido del motor fue sepulcral. Solo se oía el tic-tac del metal caliente de la moto enfriándose bajo la lluvia fina y helada