La pantalla de la tablet era la única fuente de luz en el universo de Elena. Un rectángulo azulado que iluminaba su rostro demacrado, creando sombras profundas en sus cuencas oculares.
Sus dedos, entumecidos por el sedante que luchaba por apagar su sistema nervioso, se aferraban a los bordes de goma del dispositivo. Sabía que debía soltarlo. Sabía que los guardias estaban corriendo por el pasillo. Sabía que cada segundo que pasaba mirando esa pantalla era un segundo menos de vida.
Pero no podía