El tiempo había muerto. O quizás, simplemente, se había detenido en el umbral de la puerta de acero.
Elena abrió los ojos y lo único que vio fue blanco.
Un blanco absoluto, hiriente, clínico. Las paredes eran paneles acolchados de un material sintético que no reflejaba la luz. El suelo era una resina epoxi sin juntas, inmaculada. El techo era una losa de luz difusa que no proyectaba sombras.
No había ventanas. No había muebles, salvo un camastro atornillado al suelo con sábanas de papel. No hab