Clop. Clop. Clop.
El agua negra y aceitosa del puerto golpeaba contra los pilotes de madera podrida del Muelle 4. Era un sonido rítmico, hipnótico, como el latido lento de un corazón moribundo.
La niebla del amanecer se arrastraba sobre el hormigón, baja y espesa, borrando los contornos de las grúas de carga que se alzaban como esqueletos gigantes en la distancia. Olía a salitre, a gasóleo y a pescado muerto.
Elena caminó hacia el final del muelle.
El viento le azotaba la cara, helando las lágr