El apartamento de Diego Salazar en el barrio de Poble Sec tenía cuarenta metros cuadrados.
Era un espacio diáfano, con vigas de madera a la vista y un suelo hidráulico antiguo que crujía cuando caminaba descalzo. No había mármol italiano. No había grifos de oro. No había un sistema de seguridad que costara más que el PIB de un país pequeño.
Había una cocina americana pequeña, un sofá de dos plazas que había comprado de segunda mano y una estantería llena de libros que por fin tenía tiempo de le