El recibidor del ático se había convertido en un santuario improvisado de ropa mojada y susurros.
Elena ayudó a Rafael a quitarse la chaqueta de campo empapada. Pesaba una tonelada, cargada de agua de lluvia y polvo de caminos lejanos. Cuando la prenda cayó al suelo, Elena pudo ver mejor al hombre que había vuelto.
Rafael llevaba una camiseta de algodón gris, desgastada y pegada a su torso. Estaba más delgado, sí, pero era una delgadez fibrosa, de caminatas largas y comida sencilla.
Elena le pa