El pincho de metal cortó el aire con un silbido agudo, pasando a milímetros de la yugular de Carmen.
Bermejo, cegado por el agua y rugiendo de furia, atacaba a ciegas, pero atacaba con fuerza letal. La hoja afilada se clavó en el colchón del catre, rasgando la tela con un sonido de cremallera rota.
Carmen no esperó a que él recuperara la visión.
En una celda de tres por cuatro, no hay dónde correr. Solo hay dónde matar o morir.
Aprovechando que el arma del guardia estaba atrapada momentáneament