El silencio en el módulo de aislamiento del Centro Penitenciario Brians 1 no era paz; era una frecuencia de audio diseñada para volverte loco.
No había voces. No había radios. Solo el zumbido eléctrico de las lámparas fluorescentes que parpadeaban con una cadencia arrítmica y el eco lejano de puertas hidráulicas abriéndose y cerrándose en otros mundos.
Bermejo, el funcionario de prisiones del turno de tarde, caminaba por el pasillo C.
Sus botas de suela de goma chirriaban sobre el linóleo encer