El grito no sonó humano.
No fue el llanto de una niña que tiene una pesadilla, ni el quejido de alguien que se ha golpeado el dedo del pie en la oscuridad.
Fue un sonido agudo, cristalino y desgarrado, como el de un animal pequeño atrapado en una trampa de acero. Un sonido que atravesó las paredes del piso franco de Sant Cugat a las tres de la madrugada, congelando la sangre de todos los que dormían bajo ese techo.
Elena Vargas abrió los ojos en la oscuridad de su habitación.
Su corazón pasó de