La luz de la mañana entraba por las persianas bajadas del piso franco, dibujando líneas de polvo flotante en el aire viciado. Olía a café recién hecho —obra de Diego, que vigilaba el perímetro con una escopeta— y al miedo rancio que había sudado Mía durante la noche.
La niña estaba en el suelo de la sala de estar, envuelta en un edredón grueso como si fuera una crisálida protectora. Solo se le veían los ojos, hinchados y rojos, vigilando las esquinas de la habitación en busca de sombras con bas