El sonido de la cremallera cerrándose sonó como un rasguño en el silencio tenso del apartamento.
Diego Salazar terminó de cerrar la bolsa de deporte de cuero desgastado. Se ajustó la chaqueta sobre los hombros, sintiendo el tirón doloroso de la cicatriz en su pecho, donde la bala de Thorne había estado a milímetros de matarlo.
Se apoyó en su bastón de madera negra, probando su equilibrio. Le dolía la pierna. Le dolía el pulmón. Pero la adrenalina de la llamada de Carmen actuaba como un analgési