CAPÍTULO 100

El amanecer en el Puerto de Barcelona no fue un estallido de luz gloriosa, sino una hemorragia lenta de violetas y naranjas que sangraba sobre el horizonte gris del Mediterráneo.

La lluvia había cesado, dejando el asfalto del muelle lavado y brillante, reflejando las primeras luces del día como un espejo roto. El aire olía a sal, a combustible diésel y a ozono limpio, el olor que queda después de que la tormenta ha purgado el mundo.

Elena estaba sentada en el parachoques trasero de la ambulanci
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