La luna se filtraba tímida entre las cortinas blancas de la habitación principal de la Residencia Fort, proyectando su tenue luz sobre la amplia cama matrimonial. El silencio del hogar parecía envolver cada rincón con una paz casi irreal. A lo lejos, apenas se oía el murmullo constante del viento nocturno, que acariciaba suavemente los cristales de las ventanas.
Sofía descansaba con la cabeza apoyada en el pecho desnudo de Naven, escuchando el latido constante y firme de su corazón. El calor de