El atardecer en Madrid dejaba caer sus últimos destellos sobre el jardín trasero de la Residencia Fort. Las sombras se alargaban entre los árboles, y el canto de los pájaros anunciaba la llegada de la noche.
Catalina recogía su bolso con una expresión serena, aunque cargada de emoción. Sofía la acompañó hasta la puerta principal, sosteniéndola del brazo como si no quisiera dejarla ir aún.
—Me encantaría quedarme toda la noche —dijo Catalina con una sonrisa suave—, pero sé que necesitas descansa