— ¡Naven! — susurra ella, pero incluso expresar aquellas palabras era difícil.
— No digas nada — Expuso el hombre con la voz ronca, las manos de naven sostienen la muñeca de Sofia. Lentamente ella retrocedió la fragancia de Naven eriza la piel de ella, sentir la respiración de su esposo entrando en contacto con su rostro.
El silencio del atardecer se colaba entre los árboles, tiñendo de dorado las sombras que los rodeaban. Naven la miró con una mezcla de asombro y algo que llevaba tiempo crecie