El motor del auto rugió suavemente cuando Naven giró la llave de encendido. El interior del vehículo era amplio, cómodo y silencioso, como todo lo que rodeaba a Naven Fort: impecable, ordenado… y helado. Sofía se acomodó en el asiento del copiloto sin decir una sola palabra. Su mirada estaba fija en el horizonte, pero sus pensamientos eran un remolino indomable.
Llevaba un suéter de punto claro, suave, que cubría la mayor parte de su cuerpo, aunque ni la prenda ni el cinturón de seguridad logra