El reloj marcaba las 3:14 a.m.
El silencio en la Residencia era profundo, casi sagrado.
Sofía abrió los ojos lentamente, como si algo —una presencia, un impulso, o quizás una intuición— la hubiera despertado. Afuera, la noche seguía cubriendo todo con su oscuridad densa. Solo la luz tenue que entraba desde la farola del jardín iluminaba parte del cuarto.
No se movió. Su respiración era tranquila, pero dentro de ella todo era un caos. El recuerdo de lo sucedido horas atrás aún estaba anclado en