El rugido constante de los motores del jet privado llenaba el silencio como una melodía lejana, casi relajante. La cabina estaba iluminada con una luz cálida y tenue, suave como un susurro. Las cortinas estaban corridas, y más allá del cristal, la oscuridad del cielo parecía envolverlo todo.
Sofía estaba sentada cerca de la ventana, envuelta en una manta que aún conservaba el aroma de Naven: madera, especias, un toque de su piel. Ares dormía a su lado, mientras que Doki, inquieto, descansaba a