El reloj marcaba las once y cuarenta de la noche cuando Axel Fort recibió la llamada. Acababa de salir de la ducha, aún con la toalla colgando de su cuello y el cabello mojado cayendo desordenadamente sobre su frente. En la pantalla del móvil aparecía un nombre que siempre le provocaba un escalofrío de respeto: Naven.
—Hermano —dijo al contestar, con voz animada—. ¿Todo bien?
—Necesito que Geraldine forme parte de la firma que estamos armando en Bangladés. Un proyecto humanitario. Fondos, logís