Las puertas de hierro forjado de la Residencia Fort se abrieron con elegancia mecánica, como si reconocieran la llegada de su dueño. El coche se deslizaba lentamente por el camino central, flanqueado por jardines perfectamente cuidados. Pero esa tarde, el silencio majestuoso del lugar fue roto por un pequeño ladrido entusiasta.
Desde la ventana trasera del vehículo, el cachorro Doki asomaba la cabeza, su lengua afuera, moviendo la cola sin control. En su regazo, Sofía sostenía a Ares, quien lo