Geraldine seguía de pie, pero la seguridad en su postura se había desvanecido como arena entre los dedos. El despacho, ahora impregnada del frío que emanaba de Naven, parecía cerrarse sobre ella. La sonrisa que había llevado al llegar se había desintegrado. Lo único que quedaba era un temblor visible en sus labios y una creciente desesperación en sus ojos.
Naven la observaba desde su silla de ruedas con la calma calculada de un depredador que ya ha atrapado a su presa. Sus manos descansaban so