El reloj del mediodía marcó la llegada de la hora del almuerzo, y con ella, la atmósfera que hasta entonces había sido casi íntima entre Sofía y Naven se quebró con la llegada de voces, pasos, y una presencia inesperada.
Naven se levantó del banco del jardín con su habitual elegancia y porte de mando, y Sofía lo imitó, aunque más lentamente, como si presentara resistencia a abandonar ese pequeño refugio de calma que habían compartido bajo el sol.
—¿Querés comer conmigo? —preguntó él de forma di