La puerta del despacho nocturno se abre sin previo aviso y el aroma a tabaco caro, madera de caoba y whisky escocés inunda el pasillo, mientras Adrián Volkov permanece de pie junto al gran ventanal con la camisa blanca ligeramente desabrochada y una copa de cristal cortado en la mano. El leve clic de los tacones sobre el parqué rompe el silencio sepulcral de la mansión, provocando que el capo ruso gire el rostro muy despacio para clavar sus ojos de obsidiana en Valeria, quien avanza con un vest