Adrián clava sus dedos en la carne de sus caderas con una fuerza brutal, levantándola del suelo en un movimiento rápido y certero para sentarla sobre el borde del escritorio de caoba, enviando los papeles aduaneros y los balances financieros al piso en un crujido estruendoso que rompe el silencio de la noche. Valeria contiene el aliento, esperando el impacto de sus cuerpos, pero en un giro cruel, el capo ruso clava su mirada en la pared opuesta, ignorando por completo las insinuaciones físicas