ENTREVISTA

Al día siguiente llego al edificio con el currículum apretado entre los dedos como si fuera lo único que me mantiene en pie, como si ese conjunto de hojas pudiera sostener todo lo que mi vida se está cayendo a pedazos. Desde afuera, el lugar no parece una empresa, sino una declaración de poder. Los vidrios impecables reflejan el cielo con una precisión casi arrogante, como si quisieran ocultar todo lo que sucede dentro, como si lo importante no fuera lo que muestran, sino lo que esconden, y esa sensación me atraviesa incluso antes de cruzar el umbral.

Es demasiado perfecto.

Demasiado frío.

Demasiado… vigilado.

Mi paso se detiene apenas entro porque no es uno ni dos guardias, son demasiados, y eso no es normal en una empresa común. Sus uniformes negros están perfectamente ajustados, sus posturas son rígidas, y sus miradas no recorren el espacio… lo controlan. No hablan entre ellos, pero se entienden con gestos mínimos, casi imperceptibles, como si estuvieran entrenados para reaccionar antes de que algo ocurra. No parecen empleados de seguridad. Parecen otra cosa. Algo más peligroso.

Uno de ellos se acerca sin decir una palabra y extiende la mano indicándome que me detenga, y aunque no hay tono de amenaza en su gesto, tampoco hay opción de negarse, así que obedezco sin cuestionar. El dispositivo pasa por mi cuerpo con un sonido bajo, mecánico, recorriendo mis brazos, mi cintura, mis piernas, y en ningún momento cambia su expresión. No hay incomodidad, no hay curiosidad, no hay nada. Solo eficiencia.

–Puedes pasar –dice finalmente, sin mirarme siquiera.

Y eso, por alguna razón, me incomoda más que cualquier otra cosa.

Avanzo.

El interior del edificio es aún más perturbador que la entrada. Todo es elegante, minimalista, perfectamente diseñado, pero el silencio no es tranquilo. Es tenso. Es el tipo de silencio que no invita a la calma, sino a la alerta. Los empleados se mueven rápido, demasiado rápido, como si cada segundo importara más de lo que debería. Nadie habla más de lo necesario, nadie se detiene, nadie se permite una distracción. Algunos ni siquiera levantan la vista de sus escritorios, como si hacerlo fuera un error.

Es como si todos estuvieran esperando algo.

O evitando a alguien.

Y esa sensación se instala en mi pecho con más fuerza que nunca, recorriéndome la espalda como un escalofrío que no logro controlar, como si una parte de mí entendiera algo que mi mente todavía no procesa del todo. Sé que algo no está bien. Lo sé con una claridad incómoda. Pero cierro los ojos un segundo, inhalo profundo y me obligo a avanzar, porque no tengo el lujo de dudar, no tengo el lujo de escuchar esa voz interna que me pide que me vaya.

Necesito este trabajo.

Lo necesito más que cualquier otra cosa.

El ascensor se abre frente a mí con un sonido suave, casi elegante, y entro sin pensar demasiado. Las puertas se cierran lentamente, reflejando mi rostro en el metal pulido, y por un instante no me reconozco del todo. Presiono el botón del último piso, y el trayecto se vuelve un silencio pesado en el que mi propio pulso parece amplificarse, golpeando con más fuerza con cada segundo que pasa, como si mi cuerpo supiera que algo está a punto de cambiar.

Cuando las puertas se abren, lo entiendo.

Este no es un piso como los demás.

Es otro mundo.

Aquí no hay ruido, no hay movimiento innecesario, solo un pasillo amplio, impecable, con una recepción al fondo donde una mujer revisa documentos con una precisión casi mecánica, como si no existiera nada más allá de lo que tiene frente a ella. Camino hacia ella con pasos firmes, aunque mis manos traicionan el nerviosismo que intento ocultar.

–Vengo por la entrevista para el puesto de secretaria personal –digo, intentando que mi voz no revele nada.

La mujer levanta la vista lentamente y me observa como si estuviera evaluando algo más allá de lo evidente, como si buscara una falla, un detalle, una excusa. Sus ojos recorren mi ropa, mi cabello, mi postura, y cuando termina, no hay duda en su expresión.

Desagrado.

–Currículum –dice, extendiendo la mano sin mirarme directamente.

Se lo entrego, y lo sostiene con dos dedos, exactamente igual que la mujer del día anterior, como si tocara algo que no merece respeto, como si todo mi esfuerzo no fuera más que una molestia innecesaria.

–Espera sentada ahí hasta que te llamen.

No hay cortesía. No hay intención de suavizar nada.

Solo una orden.

–Gracias –respondo de todas formas, porque es lo único que sé hacer.

Me siento con la espalda recta, las manos juntas sobre las piernas, intentando controlar el temblor en mis dedos, pero no desaparece. No hay otros candidatos, no hay distracciones, no hay nada que me permita desviar la atención de esa sensación que crece dentro de mí.

Estoy sola.

Y algo no está bien.

El silencio se alarga, se vuelve más pesado, más incómodo, hasta que la voz rompe el aire desde el interior de la oficina.

–Valeria Pritchet.

Es grave. Profunda. Autoritaria.

Mi cuerpo se tensa al instante.

Me pongo de pie, camino hacia la puerta y respiro una vez más antes de entrar, intentando convencerme de que esto es solo otra entrevista, solo otro intento, solo otro paso en una serie de rechazos que ya conozco demasiado bien.

Pero en cuanto cruzo el umbral, sé que no es así.

La oficina es enorme, oscura, elegante, pero no es eso lo que me detiene.

Es él.

Está de espaldas, sentado frente al ventanal, con la ciudad extendiéndose detrás como si fuera suya, como si todo lo que alcanzo a ver le perteneciera de alguna forma que no logro entender del todo.

–Tome asiento –dice, sin girarse.

–Gracias –respondo, avanzando hasta la silla frente a él.

Me siento, intentando mantener la compostura, intentando concentrarme en lo que vine a hacer, pero algo dentro de mí ya está en alerta, como si reconociera el peligro antes de que mi mente lo confirme.

–Así que vienes a pedirle trabajo a este imbécil.

La frase cae con una calma que no encaja con las palabras.

La silla gira lentamente.

Y entonces lo veo.

–¡Carajo…! –escapa de mis labios antes de que pueda detenerlo.

Es él.

El hombre del día anterior.

El que me empujó.

El que me miró como si no fuera nada.

El que no debería estar aquí… pero está sentado frente a mí, observándome con esos mismos ojos fríos que parecen atravesarlo todo.

Sus labios se curvan apenas, pero no es una sonrisa.

Es reconocimiento.

–Vaya… –murmura, inclinándose ligeramente hacia adelante, apoyando los codos sobre el escritorio con una calma inquietante. – La chica del suelo.

Aprieto los dedos contra mis piernas, obligándome a no reaccionar como quisiera, porque sé que perder el control aquí no es una opción.

–No sabía que trabajaba aquí –respondo, manteniendo la voz lo más firme posible.

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