–¿Es que acaso pretendes que me convierta en una maldita asesina corporativa sin recibir una sola garantía sobre la integridad física de las personas que amo, Bruno? –pregunta Valeria con la voz completamente rota por la humillación, mientras se abotona la camisa de seda con dedos torpes y temblorosos, sosteniendo el teléfono satelital contra su oído con una fuerza tan desesperada que el plástico cruje contra su oreja.
Se encuentra encerrada en el baño de la suite presidencial, con el pestillo