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–Lamento informarle que usted no es el tipo de perfil de mujeres que estamos buscando en este lugar.
La voz de la mujer es fría, casi automática, pero su mirada lo dice todo. Me recorre de arriba abajo como si estuviera evaluando algo defectuoso, como si yo fuera un error que alguien olvidó corregir antes de traerlo a esta oficina impecable. No es la primera vez que me miran así. Y aun así… sigue doliendo. –Está bien. Muchas gracias por su atención –respondo, obligándome a sonreír con la misma precisión con la que lo hice en cada entrevista durante los últimos seis meses. Seis meses de puertas cerradas. Seis meses de “la llamaremos”. Seis meses de silencio. Mis dedos se tensan apenas cuando ella me extiende el portafolio, sosteniéndolo con dos dedos, como si tocarlo demasiado pudiera contaminarla. Lo tomo sin decir nada. No vale la pena. Ni siquiera lo abrió. Ni siquiera fingió hacerlo. Salgo de la oficina con pasos medidos, manteniendo la espalda recta hasta que cruzo la puerta de vidrio. Solo entonces dejo caer un poco los hombros. No entiendo en qué momento mi esfuerzo dejó de significar algo. Estudié administración de empresas. Me gradué con honores. Tenía planes, metas, una vida que parecía alinearse con todo lo que hice bien. Pero ninguna empresa quiere contratarme. Ninguna. Y después de tantos intentos fallidos, terminé postulándome como secretaria, diciéndome que era temporal, que era un paso intermedio. Pero ni siquiera eso es suficiente. El ascensor tarda demasiado. O tal vez soy yo la que no soporta quedarse quieta con estos pensamientos girando en la cabeza. Así que decido bajar por las escaleras. Piso tras piso. Uno tras otro. Como si avanzar físicamente pudiera darme la sensación de que no estoy completamente estancada. Cuando llego al vestíbulo, algo cambia. El ambiente se vuelve extraño. Los empleados comienzan a moverse con rapidez, pero no es un movimiento normal. No es prisa laboral. Es otra cosa. Algunos se encierran en los baños, otros se sientan frente a sus computadoras con una tensión absurda, como si sus vidas dependieran de aparentar normalidad. Nadie habla. Nadie explica. Y, por alguna razón, nadie se atreve a mirar hacia la entrada. Siento un escalofrío, pero lo ignoro. No trabajo aquí. No es mi problema. No puedo permitirme distraerme con cosas que no me afectan. Tengo cosas más importantes en las que pensar. Como el hecho de que llevo medio año sin conseguir empleo. Como el hecho de que mi madre ya no puede ocultar la desesperación cuando cree que no la estoy viendo. Como el hecho de que mi hermana menor se está apagando lentamente en una cama de hospital mientras las deudas crecen más rápido que cualquier solución. “Traeré ese dinero.” Se lo prometí. Con una seguridad que ahora se siente ridícula. Creí que sería fácil. Creí que bastaría con ser buena, con haber hecho todo bien. Qué estúpida fui. No sé exactamente en qué momento empiezo a llorar, pero Las lágrimas caen en silencio mientras camino rápido, sin rumbo, sin mirar realmente a dónde voy. Solo necesito avanzar, no detenerme, no pensar, no sentir. Hasta que choco contra algo sólido. El impacto me corta la respiración y me hace perder el equilibrio. Caigo al suelo con un golpe seco, sintiendo cómo el dolor recorre mis manos y mis rodillas. –Maldita sea –murmuro, apretando los dientes mientras intento incorporarme. – ¿Podrías tener más cuida…? Las palabras se quedan atrapadas en mi garganta, porque cuando levanto la mirada, lo veo. Y por un segundo, todo se detiene. El hombre frente a mí no encaja con nada de lo que acabo de vivir. Su traje es impecable, perfectamente ajustado a un cuerpo que no necesita presumir para imponer. Cada línea, cada detalle, transmite poder. No el tipo de poder que se muestra. El tipo que se asume. Pero no es eso lo que me deja sin palabras. Son sus ojos Fríos, Oscuros y completamente desprovistos de cualquier rastro de empatía. Él baja la mirada hacia mí con una expresión que no es sorpresa, ni molestia. Es desprecio. Se acomoda el saco con un gesto lento, casi meticuloso, como si lo único importante en ese momento fuera borrar cualquier rastro de contacto conmigo. –Ten más cuidado la próxima vez que caminas –dice, con una voz baja y firme que no necesita elevarse para imponerse. – Has manchado mi traje con tu insignificante presencia. –Maldito infeliz –escupo, levantándome con rapidez, ignorando el dolor. – El que me tiró fuiste tú. Un error. Lo sé en el mismo momento en que lo digo porque él no reacciona como alguien normal, solo sonríe. Y esa sonrisa… no tiene nada de amable. Es leve. Apenas una curvatura en sus labios. Pero hay algo en ella que hace que mi estómago se contraiga. Como si acabara de cruzar una línea que no entendía… hasta ahora. Antes de que pueda decir algo más, un hombre se acerca a él con urgencia. Se inclina ligeramente y le susurra algo al oído. No alcanzo a escuchar las palabras, pero veo el cambio en su mirada. Se vuelve más fría y más peligrosa, como si todo lo demás dejara de importar, como si yo dejara de existir. El hombre a su lado ni siquiera me mira cuando me empuja con el hombro para apartarme del camino. Es un gesto brusco, calculado, que me obliga a retroceder un paso. Ellos continúan caminando Sin disculparse, Sin voltear, Como si yo fuera invisible, Como si nunca hubiera estado ahí, por eso Aprieto los puños, sintiendo la rabia mezclarse con la humillación. Quiero decir algo, Gritar, Hacerlos detenerse Pero no lo hago Porque en ese momento, algo a mi alrededor cambia. Los murmullos comienzan. –Es él… –No puede ser… –¿Por qué está aquí…? Giro la cabeza, confundida, y noto cómo algunos empleados observan desde lejos, con una mezcla de miedo y respeto que no logro entender del todo. Y entonces lo escucho. Un nombre, Uno que no significa nada para mí, pero me aterra. –Es Volkov… Vuelvo la mirada hacia la puerta por la que ese hombre acaba de desaparecer. Y, sin saber por qué, siento un escalofrío recorrerme la espalda. Cuando llego al hospital, el cansancio pesa más que el enojo. El olor a desinfectante me golpea de inmediato, familiar, insoportable. Camino por los pasillos como si ya fuera parte de ellos, como si este lugar se hubiera convertido en mi segunda casa. Quizá lo es. Entro a la habitación y la escena me rompe un poco más. Mi madre está sentada junto a la cama, con ojeras profundas, el rostro apagado, las manos entrelazadas con una fuerza que delata su desesperación. A su lado está Jacob, el hijo de su mejor amiga, quien no se ha separado de nosotras desde que todo comenzó. Y en la cama… Mi hermana. Demasiado quieta. Demasiado frágil. –Val, hija… –la voz de mi madre tiembla apenas me ve. – ¿Conseguiste el trabajo? Sus ojos brillan con esperanza y eso es lo que más duele porque sé que voy a romperla otra vez. –No, mamá… aún no –respondo, sintiendo cómo la voz se me quiebra a mitad de la frase. El brillo en sus ojos se apaga, pero intenta ocultarlo, porque siempre intenta ser fuerte por nosotras. Jacob se levanta ligeramente, cruzándose de brazos, observándome con una mezcla de comprensión y claramente lástima. –En la empresa donde trabaja mi hermano están buscando una secretaria personal –dice de pronto. Lo miro. –Sé que no es el trabajo que la más inteligente de su generación merece –añade con una sonrisa ladeada, burlona, pero suave. – pero… es una oportunidad. Mi madre no lo deja terminar. Se levanta y lo abraza con fuerza. –Oh, Jacob, hijo… gracias. Gracias de verdad. Él sonríe, pero sus ojos vuelven a mí. –¿Quieres ir a la entrevista? –Claro que sí –respondo finalmente, obligándome a sonreír. Jacob asiente, satisfecho. –Mañana a las seis en punto estaré fuera de tu casa –dice con seguridad. – Estoy seguro de que obtendrás el trabajo.






