Horas después, el silencio en la casa se vuelve una presencia casi física, densa y asfixiante, que se rompe únicamente por el eco lejano de unos pasos que reconozco demasiado bien antes incluso de verlo aparecer por el umbral. Cuando Adrián finalmente entra, la atmósfera cambia de inmediato, cargándose de una tensión magnética y peligrosa que me congela el aire en los pulmones mientras permanezco sentada a la mesa, sosteniendo una taza de café ya fría entre mis manos temblorosas. Su mirada se c