SOBREVIVIR

NARRA ADRIÁN VOLKOV

No esperaba verla aquí… pero en el momento en que la puerta se abre y sus ojos se clavan en los míos, entiendo que esto no es casualidad. Nada en mi mundo lo es. Y si lo parece, es porque alguien como yo lo ha permitido.

Apoyo un codo en el brazo de la silla, sosteniendo su mirada con una calma que no es más que una forma elegante de dominio, y dejo que el silencio se estire lo suficiente como para incomodarla antes de hablar, porque el silencio bien usado siempre revela más que cualquier pregunta.

–No esperaba verte aquí –digo finalmente, con una voz medida, baja, cargada de una indiferencia que no es real, pero que sé manejar a la perfección. – Aunque… supongo que alguien como tú necesita cualquier oportunidad que aparezca.

No es una frase impulsiva. No es un comentario casual. Es un movimiento.

Quiero ver cómo reacciona.

Quiero medir hasta dónde llega.

Quiero saber si se rompe… o si resiste.

Porque hay algo en ella que no encaja con el resto. Algo que no logro ignorar desde el momento en que chocó conmigo ayer y, en lugar de agachar la cabeza como todos, se atrevió a responder.

Y ahora está aquí.

Sentada frente a mí.

Pidiendo entrar en un mundo que no entiende.

Un mundo del que no va a poder salir.

Su expresión no se derrumba. No de inmediato. Hay un leve cambio en su respiración, una tensión mínima en sus hombros… pero no baja la mirada.

Eso me interesa.

Eso me obliga a inclinarme un poco más en el juego.

–Y supongo que alguien como usted necesita aprender a no empujar a las personas –responde.

La frase sale antes de que pueda contenerla. Lo sé porque veo el instante exacto en que se da cuenta de lo que acaba de hacer. Sus ojos se cierran apenas, su mandíbula se tensa, como si quisiera retroceder en el tiempo.

Pero ya es tarde.

Y eso… me gusta.

No sonrío de inmediato. Dejo que el momento respire, que el error se asiente, que el peso de sus propias palabras caiga sobre ella. Luego, muy lentamente, permito que una curva mínima aparezca en mis labios.

No es amabilidad.

Es interés.

–Interesante… –murmuro, sin apartar los ojos de los suyos.

Me pongo de pie sin prisa, porque no hay nada más poderoso que el control absoluto del ritmo. Camino alrededor del escritorio con pasos calculados, cada movimiento diseñado para invadir su espacio sin necesidad de tocarla, y cuando me detengo frente a ella, lo hago lo suficientemente cerca como para notar el cambio en su respiración.

Se corta.

Se desordena.

Pero no se aparta.

Inclino levemente la cabeza, estudiándola, desarmándola en silencio.

–Dime, Valeria… –pronuncio su nombre con una familiaridad que no debería existir, como si ya lo hubiera repetido varias veces antes de este momento. – ¿qué te hace pensar que eres lo que estoy buscando?

No miro el currículum. No lo necesito. Los papeles son irrelevantes cuando ya sé quién es la persona frente a mí. Mis ojos permanecen fijos en los suyos, evaluando cada microexpresión, cada intento de sostener la compostura, cada fisura que intenta ocultar.

–Soy la mejor de mi generación –responde, con un tono que intenta sostener firmeza. – Tengo las habilidades necesarias, aprendo rápido y…

–No me importa.

La interrupción es inmediata. Precisa. Quirúrgica.

No levanto la voz, pero la forma en que corto su discurso es suficiente para dejar claro que aquí no hay espacio para lo que ella cree que importa.

Me inclino apenas más, reduciendo aún más la distancia, invadiendo su espacio sin pedir permiso, obligándola a sostenerme o retroceder.

No hace ninguna de las dos.

Interesante otra vez.

–No me interesan tus notas, ni tus logros, ni tus títulos –continúo en un tono bajo, controlado, casi íntimo. – Me interesa otra cosa.

Su respiración se vuelve más irregular. Sus dedos se tensan levemente sobre sus piernas. Está nerviosa. Claro que lo está. Pero sigue aquí.

–¿Qué cosa…? –pregunta.

Hay una fracción de segundo donde podría responder cualquier cosa. Donde podría mentir, suavizar, disfrazar la verdad.

Pero no lo hago.

Nunca lo hago cuando quiero ver hasta dónde llega alguien.

Mis labios se curvan apenas, lo suficiente para marcar la diferencia entre una simple respuesta y una amenaza elegante.

–Saber hasta dónde estás dispuesta a llegar.

El silencio que sigue no es incómodo para mí. Es necesario.

La observo procesarlo, luchar internamente entre lo que debería decir y lo que realmente necesita decir.

Y entonces lo hace.

–Necesito este trabajo.

Sin adornos. Sin excusas. Sin orgullo.

Honesta.

Desesperada.

Y, sobre todo… útil.

No aparto la mirada.

–Lo sé.

La arrogancia en mi voz no es un error. Es una herramienta.

Porque lo que viene después no es una conversación.

Es una demostración de poder.

–¿Cómo…? –pregunta, y ahora sí, su seguridad empieza a resquebrajarse.

Me incorporo con calma, alejándome apenas lo suficiente para cambiar la dinámica, para que sienta la pérdida de esa presión inmediata, solo para reemplazarla con algo peor.

Control.

–Sé más de lo que crees –digo, caminando de vuelta al escritorio con absoluta tranquilidad. – ¿Acaso crees que aquí le damos entrevistas a cualquiera?

No espero respuesta.

Nunca la espero cuando no es necesaria.

–Apenas recibí tu currículum, me hice una pregunta –continúo, tomando el documento sin realmente mirarlo. – ¿Qué hace la mejor estudiante de su generación… mendigando un puesto de secretaria?

Levanto la vista.

La fijo.

La atravieso.

–Así que investigué.

La palabra cae con intención.

–Sobre tu madre. Sobre tu situación. Sobre tu hermana… y su enfermedad.

Ahí está.

El golpe real.

El que no puede esquivar.

El que no puede ignorar.

–Eso no es asunto suyo –dice, pero su voz ya no es la misma.

Y esa diferencia… es exactamente lo que buscaba.

Sonrío.

No por diversión.

Por confirmación.

–Ahora lo es.

El silencio vuelve a caer, pero esta vez es distinto. Más pesado. Más real. Más definitivo.

–¿Quién es usted…? –pregunta finalmente.

No respondo de inmediato. Camino de vuelta a mi silla, me siento con calma, entrelazo los dedos sobre el escritorio y la observo como si todo esto fuera un simple trámite.

Como si no acabara de desarmar su mundo en segundos.

–Adrián Volkov.

Dejo que el nombre haga su trabajo.

Siempre lo hace.

–Y estás contratada.

La confusión en su rostro es inmediata. Predecible.

–¿Qué…?

–Empiezas mañana –añado, con la misma naturalidad con la que otros hablan del clima. – Mi asistente te dará las instrucciones.

No hay entrevista.

No hay evaluación.

No hay discusión.

Solo una decisión.

Mi decisión.

Se levanta lentamente y logró darme cuenta que su mente intenta entender lo que está pasando. –No… esto no tiene sentido. Ni siquiera revisó mi currículum.

–No lo necesito.

–Pero…

–¿Vas a rechazarlo?– La interrumpo antes de que termine, porque no me interesan sus objeciones.

Esa es la única pregunta que importa porque sé la respuesta antes de que la diga, porque ya vi su vida, porque ya medí su necesidad, porque ya decidí

–No.

Asiento levemente Satisfecho. No por la respuesta, Sino porque todo ha salido exactamente como esperaba.

Tomo el contrato y lo deslizo hacia ella. –Firma.

La observo mientras lo toma, mientras duda, mientras piensa y luego firma.

En el instante en que lo hace, sé que ya no hay vuelta atrás para ella.

Tomo el documento, lo reviso por pura formalidad y levanto la vista hacia ella una vez más. –Bienvenida, Valeria –digo en voz baja, dejando que cada palabra pese más de lo necesario. – Ahora trabajas para mí– Hago una pausa para que entienda que esto no es una oportunidad. Es una advertencia. –Espero que sobrevivas.

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