De repente, un subordinado de Richard irrumpe en el espacio como una sombra de muerte, con la mirada desorbitada y el cañón de un arma apuntando directamente al centro del pecho de Valeria.
–¡Señor, abajo! –brama el sujeto con una voz rasposa que rebota en las paredes de mármol.
El instinto de Adrián es más rápido que el miedo. No hay duda en sus ojos, no hay un solo segundo de vacilación mientras se lanza hacia adelante, interponiendo su propio cuerpo para convertirse en el escudo de la muje