–Así que te dignaste a despertar –dice Irina, recorriéndome con una mirada cargada de desprecio absoluto que viaja desde mis pies descalzos hasta el desorden de mi cabello, deteniéndose en las huellas del desastre que arrastro conmigo. – ¿Ya te cansaste de jugar con los hombres que destruyes a tu paso o es que acaso sigues en ese plan absurdo de creer que todos te pertenecen y que el mundo debe girar a tu alrededor?
El tono de su voz, impregnado de una superioridad venenosa, enciende una chisp