La mañana siguiente en la casa de Volkov se siente distinta, más pesada, como si el aire mismo hubiera adquirido una densidad metálica que dificulta la respiración en el piso cincuenta.
Adrián está sentado detrás de su escritorio de nogal, la luz del sol de las ocho de la mañana recortando su figura con una precisión que lo hace parecer una estatua de mármol frío, carente de cualquier rastro de la pasión violenta o la brutalidad de los días anteriores.
No hay café sobre la mesa, ni informes