Adriana
Desperté en la oscuridad; el resplandor lejano de las luces de la Ciudad de México se filtraba por la habitación a través de las ventanas sin cortinas. Era tarde… o temprano. Mi cuerpo estaba pesado, satisfecho, todavía tibio por el calor de la noche anterior. “Alrededor de las cuatro de la mañana”, pensé, dejando que la realidad se acomodara poco a poco en mi mente. No habíamos cerrado las cortinas antes de dormir. No habíamos hecho muchas cosas antes de dormir.
Qué noche.
Nos habíamos