Adri
Dos horas después, seguía sentada frente al ordenador, mirándolo sin ver nada. Cuando regresé por la mañana había estado demasiado alterada como para hablar de aquel encuentro digno de La dimensión desconocida en el despacho de Diego. Me había llevado todo ese tiempo asimilar lo que me había dicho.
Llegué a la conclusión de que, evidentemente, estaba sufriendo un jet lag monumental y algún tipo de delirio pasajero. Entonces mi teléfono vibró sobre el escritorio y apareció mi letra favorita